Última Sesión

La quinta ola de frío no se ha dejado notar este fin de semana. Aunque cuando salí de los cines, parecía que quisiera romper a llover, no lo ha hecho. Quizá la ciudad, convencida de ello ha aprovechado el día para pasear por la playa o simplemente entrar en un museo y ha pasado de ir al cine. Veinte personas han entrado en todo el día y por primera vez desde que comencé a trabajar como operador, no se ha dado la última sesión. A las doce ya estaba en casa. Enrique parecía felíz con su enorme pizza. Girma, la taquillera uruguaya también. Yo confundía la exaltación con la tristeza. Pasearme por las salas desiertas, en silencio, me ha provocado cierta congoja. He aprovechado al menos para revisar los altavoces de la sala 1 con Antonio y he conseguido que me prometa una caja de herramientas nueva. Algo es algo. Antes, a media tarde, me metí a ver "El Vuelo del Fénix". Me he vuelto a traicionar a mí mismo, a sabiendas de que la película era un remake de uno de los films menores de Robert Aldrich, de mismo título y protagonizado entonces por James Stewarth. La película es esencialmente la misma: un avión se estrella en el desierto y sus supervivientes deciden construir un nuevo avión a partir de los restos del accidentado. Hasta aquí bien. La pirotécnia hollywoodiense pone a su servicio las dosis de acción y testosterona necesarias. El momento del accidente está bien modelado. El problema viene cuando los fuegos artificiales han finalizado y te encuentras solo en el desierto con un puñado de personajes a penas dibujados movidos por estereotipos y frases hechas. Giovanni Ribisi pierde maldad y la película en general es hueca, insulsa y a ratos, muy aburrida, algo inadmisible para una industria como la estadounidense, dedicada en cuerpo y alma al entretenimiento puro y duro. Sin embargo, hace tiempo ya que la industria hollywoodiense parece atrapada en un círculo sin fin sobre el que orbitan una y otra vez, incapaces de remontar el vuelo. Paradojas, una vez más.

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